Cuando los hijos cargan lo que la pareja no resuelve: Dr. Alejandro Di Grazia
- Alejandro Di Grazia
- 27 ene
- 3 Min. de lectura
En muchas familias el malestar no se nombra, pero se actúa. Las tensiones de la pareja, los conflictos no hablados, la distancia emocional o las discusiones constantes no desaparecen por silencio; simplemente cambian de lugar. Con frecuencia, ese lugar son los hijos. Lo que la pareja no puede resolver entre adultos termina expresándose en la conducta, el estado de ánimo o el cuerpo de niñas, niños y adolescentes que cargan con un peso que no les corresponde.
En el trabajo clínico y educativo se observa con claridad: hijos con ansiedad persistente, irritabilidad, bajo rendimiento escolar, síntomas psicosomáticos, aislamiento o conductas autolesivas que aparecen sin una causa aparente. Sin embargo, cuando se mira el sistema familiar completo, el síntoma deja de ser inexplicable. No pocas veces el malestar del hijo es el lenguaje que la familia utiliza para expresar lo que la pareja no puede o no se atreve a enfrentar.
En Tlaxcala, donde la vida familiar sigue siendo un eje central de la identidad social, este fenómeno suele pasar desapercibido o normalizarse. Se espera que los hijos “se adapten”, que no generen problemas y que comprendan contextos emocionales que nadie les explica. Mientras tanto, la pareja sostiene una convivencia tensa, distante o ambivalente, confiando en que cumplir con lo básico es suficiente para proteger a los hijos del conflicto adulto.
El problema es que los hijos no son espectadores neutrales. Perciben los silencios, las miradas evasivas, la hostilidad contenida y las alianzas implícitas. Muchos se colocan, sin darse cuenta, en el papel de mediadores, de cuidadores emocionales o de depositarios del enojo familiar. Otros reaccionan con síntomas que incomodan, pero que al mismo tiempo distraen a los adultos del verdadero conflicto: la relación de pareja.
Cuando una madre o un padre no puede hablar con su pareja de lo que duele, de lo que frustra o de lo que se perdió, el sistema busca una salida. El hijo “problemático” se vuelve el foco de atención, el motivo de preocupación compartida, incluso el elemento que mantiene unida a una pareja que ya no se encuentra en lo emocional. El costo de esa dinámica lo paga quien menos recursos tiene para defenderse: el menor.
Las investigaciones en salud mental familiar muestran que los conflictos de pareja no resueltos se asocian directamente con mayores niveles de estrés emocional en los hijos. No se trata solo de peleas abiertas; la frialdad, la indiferencia o la evitación constante tienen un impacto igual o mayor. Los hijos aprenden a vivir en ambientes emocionalmente inseguros, donde el afecto es impredecible y la tensión es parte del clima cotidiano.
Muchos padres se preguntan qué le pasa a su hijo sin preguntarse primero qué está pasando entre ellos. Se busca ayuda para el adolescente, pero no se revisa la relación adulta. Se medicaliza el síntoma, se sanciona la conducta o se atribuye a la edad lo que en realidad es una expresión de un conflicto que lleva años acumulándose. Así, el hijo se convierte en el portavoz involuntario del malestar conyugal.
La pregunta incómoda que madres y padres necesitan hacerse no es solo qué le ocurre a su hijo, sino qué está cargando por ustedes. Porque mientras los adultos evitan mirarse, hablarse o responsabilizarse de su relación, hay hijos que están pagando con su salud emocional el precio de un conflicto que nunca eligieron sostener.






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